Hay una razón
por la que siempre me gustaron tus abrazos, eso, tus brazos. Siempre firmes,
fuertes, capaces de sostenerme y de llenarme en la fantasía de que todo iría
bien, siempre que estuvieras allí para envolverme.
Los años
fueron útiles, enseñándome las distintas formas que tenías de poner tus brazos
sobre mí:
Cuando me
tomabas por sorpresa de la espalda, queriendo hacerme rabiar mientras trabajaba.
O las veces
en que con un brazo me aferrabas, mientras tu otra mano acunaba mi cabeza en tu
hombro, sabiendo que estaba derrumbándome en ti.
Me gustaban
los fugaces, esos de cuando nos
encontrábamos y me elevabas del suelo, en un mudo gesto de felicidad. Y yo reía
pidiendo que me bajaras, no queriendo realmente que alguna vez me dejaras ir.
Los días
difíciles, esos donde ya no dabas más, te sentabas, tirándome cerca para
abrazarte a mi cintura, tranquilizándote con el latido de mi corazón en tu
oído.
Siempre
dijiste tanto con cada gesto, y tan poco con palabras. Pero siempre fue tan
fácil leerte, porque eras una persona sincera, como tu sonrisa, como tu mirada.
Y por eso
aquel día lo supe con certeza.
Mientras
seguías felicitándome por mi viaje, ahí esperando que llamaran a abordar. Aun cuando
no podías estar más orgulloso de que cumpliera un sueño y me fuera al lugar que
siempre deseé para vivir, entendías tanto como yo que era la última vez que
estaríamos así, que nos miraríamos a los ojos sabiendo que éramos la parte que
completaba al otro, que aun si volvíamos a vernos más adelante, quizá ya no
seríamos los mismo.
Entonces fue
tiempo de irse, y me abrazaste, de una forma en que nunca lo habías hecho
antes, pero no fue difícil saber qué significaba este nuevo abrazo. Allí tu y
yo guardando en un último instante, todo lo que existía, todo lo que sentíamos,
pero sabiendo que existía mucho más por vivir, que solo lo que compartimos.
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